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Una ola de frío de 4.000 años acabó con los primeros pobladores del sur de Europa

Aproximadamente hace 1,8 millones de años, los primeros individuos del género Homo (Homo erectus u Homo habilis) salieron de África para colonizar Asia y Europa. Los primeros rastros de que, efectivamente, llegaron, datan de unos 300.000 años después. De hecho, la cara más antigua de aquellos primeros homínidos humanos que poblaron la península ibérica, con 1,4 millones de años de antigüedad, se encontró en Atapuerca hace algo más de un año. No son los únicos restos que superan el millón de años de estos primeros pequeños humanos que vivían en cuevas, eran carroñeros y practicaban el canibalismo.

Pero en el registro fósil hay un ‘hueco’ que va, más o menos desde hace 1,1 millones de años a los 900.000. Ahora, un grupo internacional del que también forman parte investigadores españoles ha encontrado pruebas de una nueva hipótesis para ese ‘silencio fósil’: no se han encontrado huesos porque nuestros antepasados se extinguieron al sur de Europa debido a un periodo muy frío que duró unos 4.000 años. Los resultados acaban de publicarse en la revista ‘Science‘.

Damos por hecho que los primeros humanos, una vez se extendieron por el mundo, se asentaron y se quedaron en el territorio. Sin embargo, el clima fue cambiando, y con él la vegetación y los animales que moraban la Tierra, incluidos los homininos (los homínidos del género Homo de los que descendemos), que en aquel tiempo eran más presas que cazadores e iban adaptándose a los cambios en la naturaleza. Les fue bien al principio: aguantaban las glaciaciones, que ocurren de forma cíclica cada aproximadamente 100.000 años, resguardándose en zonas que no se enfriaban tanto, como la península ibérica. Pero hace 1,2 millones de años, estos periodos de frío extremo, en los que gran parte de Europa y Norteamérica se congelan por completo, se recrudecieron.

Y hace 1,12 millones de años se produjo un evento extremo debido al cual la zona que ahora es España y Portugal registró temperaturas tan bajas como en el sur de Siberia. Una situación que, además, se mantuvo durante unos cuatro milenios. Este episodio acabó con nuestros ancestros. «Quedaron apenas arbustos y desapareció toda la vegetación», explica a ABC Joan Grimalt, investigador del Instituto de Diagnóstico Ambiental y Estudios del Agua (IDAEA), perteneciente al Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), y uno de los autores del artículo. «Eran homininos, pero no eran Homo sapiens, por lo que no conocían el fuego, algo que salvó después a especies posteriores, que tenían más herramientas para luchar aguantar las glaciaciones». Tampoco iban vestidos y seguramente su grasa corporal no estaba adaptada para superar este cambio abrupto en las temperaturas. Así que desaparecieron.

Al menos en Europa y Asia, porque en África siguieron floreciendo. Cuando el clima mejoró, nuestros antepasados volvieron a expandirse de nuevo, regresando en una segunda oleada a latitudes más altas y ahora mejor acondicionados gracias a milenios de evolución. «No viajaban por curiosidad o gusto, sino que se desplazaban con los ecosistemas, poco a poco», dice Grimalt. Así fue como, después de generaciones y generaciones, volvieron los primeros humanos a Atapuerca, tal y como muestran los registros, como el del famoso Homo antecessor, que vivió hace unos 800.000 años (y considerado durante mucho tiempo el primer habitante europeo); también los antepasados de los neandertales (hace unos 500.000 años), seguidos del Homo neanderthalensis (50.000 años) y, finalmente, nosotros, Homo sapiens (30.000 años), los últimos de nuestra especie.

La historia escrita en los sedimentos del mar

Toda esta historia no solo está escrita en los huesos: en los últimos años, los científicos han aprendido a recabar información hasta del aire de las cuevas que habitaron nuestros antepasados. En este caso concreto, se combinaron los datos de los fósiles de diferentes yacimientos (entre ellos, Atapuerca), además de las pruebas que fueron halladas en el mar. Concretamente en el sedimento del Océano Atlántico frente a las costas de Lisboa. Allí, se extrajeron testigos del suelo a diferentes profundidades. «En el mar hay algas que fabrican unos compuestos llamadas alquenonas para adaptarse a entornos con más o menos frío», explica Grimalt. En base a estos biomarcadores, los científicos pudieron reconstruir la temperatura del mar en ese periodo. «Y los océanos son el condicionante más importante del clima», apunta el investigador.

Gracias a estos datos descubrieron que la temperatura de la superficie del mar durante esta glaciación descendió por debajo de los seis grados (la mitad de calor que en un periodo glacial normal, que se registran unos 10 ºC; y muy por debajo del que se registra en periodos interglaciares como en actual, en torno a los 20 grados). «Anteriormente nunca se había registrado un periodo glacial tan fuerte y prolongado en el tiempo como este, que iguala algunos niveles de periodos glaciales actuales».

Había más información en aquellos testigos. «Los ríos y los vientos recogen trazas diminutas de polen de la tierra adyacente al océano, donde se hunden y se depositan en las profundidades del océano. Según nuestro análisis de polen del núcleo de sedimentos oceánicos, el evento de enfriamiento del Atlántico Norte cambió la vegetación de Europa occidental a un paisaje semidesértico inhóspito», agrega el Vasiliki Margari, investigador del University College de Londres y autor principal del estudio, en el que también ha intervenido el IBS Center for Climate Physics, Universidad Nacional de Pusan, Corea del Sur, en colaboración con investigadores de la Universidad de Cambridge, CSIC Barcelona, el Museo de Historia Natural de Londres, el Museo Británico y el Instituto UCL de Arqueología.

A todas estas pruebas se le suma el mencionado ‘silencio’ en el registro paleontológico y arqueológico entre el periodo comprendido hace 1,1 millones de años y unos 900.000. «Todo esto demuestra que los homínidos hemos dependido del medio ambiente -señala por su parte Grimalt-. Y aunque nuestro nivel de adaptación ha mejorado mucho, estamos viendo que necesitamos un planeta armónico para seguir subsistiendo. Si seguimos así, dejaremos un escenario muy preocupante a nuestros hijos y nietos».

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