Tecnología

¿Por qué se forman las pelusas?

La ciencia y la tecnología deben mucho a la Antigua Grecia. Fue precisamente en una de sus colonias en donde, hacia el siglo VI a. de C., nació Tales de Mileto , uno de los primeros filósofos y científicos de la Historia. Su curiosidad le llevó a descubrir que el ámbar –en griego élektron- podía atraer a pequeños objetos después de frotarlos con un paño de lana. Este fenómeno físico forma parte de nuestra infancia, ya que fue en aquella época de nuestra vida cuando descubrimos por vez primera que si un bolígrafo era frotado durante el tiempo suficiente podía atraer a pequeños trozos de papel. Es lo que se conoce como efecto triboeléctrico, del griego tribein, frotar. La clave está en el efecto electrostático La rama de la física que analiza los efectos mutuos que se producen entre los cuerpos como consecuencia de sus cargas eléctricas se conoce como electrostática y sus efectos aparecen en forma de atracciones y repulsiones. A pesar de que no pensemos en ella en nuestra vida cotidiana se estima que la fuerza electrostática es, aproximadamente, un billón de billones de billones –diez elevado a treinta y seis- más intensa que la fuerza de la gravedad. Es precisamente esta fuerza, la electrostática, la que participa de forma activa en la formación de la pelusa. Las mujeres tienen menos pelusas en el ombligo El inquietante universo de la pelusa se reduce, básicamente, a tres tipos diferentes: la del ombligo, la de la secadora y la doméstica. Los ingleses utilizan dos términos distintos para acercarse al concepto de pelusa: fluff, que hace relación a su aspecto esponjoso, y lint, que guarda relación con su componente textil. La pelusa de la secadora se forma por el efecto triboeléctico al que acabamos de referirnos, mientras que la del ombligo encierra una mayor complejidad. Tal es así que un científico de la Universidad tecnológica de Viena le dedicó cuatro años de arduo trabajo. Durante ese tiempo analizó –desde un punto de vista químico- 503 muestras de pelusa de ombligo de personas diferentes, llegando a la conclusión que este tipo de pelusa se produce por la fricción del vello abdominal con las hebras de las camisetas. Según sus conclusiones, este tipo de pelusa está formada, mayoritariamente, por celulosa de algodón, a la que se añaden células muertas de la piel, sulfuro y nitrógeno. En el año 2002 uno de los premios Ignobel recayó en el investigador Karl Kruszelnick por su estudio sobre las pelusas del ombligo, en el cual llegó a la conclusión de que las mujeres tenían menos que los hombres. Mientras estos estudios veían la luz un bibliotecario australiano –Graham Barker- entraba en el libro Guiness de los Records por su minuciosidad y pulcritud a la hora de almacenar pelusas del ombligo. Y es que se pasó más de un cuarto de siglo recolectando ejemplares de su ombligo con los que formó una bola amorfa que, finalmente, donó a un museo estatal. El inicio lo marca un pelo El tercer tipo de pelusas son las domésticas. Para que se formen es condición sine qua non que haya un pelo, al que se van a adherir, con el paso del tiempo fibras, polvo, piel muerta, polen y otros pelos mediante la atracción electrostática, de forma que, poco a poco, la pelusa incremente su tamaño. De la observación cotidiana de las pelusas domésticas se pueden extraer dos conclusiones: no existen en las viviendas desocupadas -ya que no hay ni pelos ni fibras- y no conseguimos eliminarlas completamente por mucho que pasemos la aspiradora y el plumero. MÁS INFORMACIÓN noticia No Un nuevo fósil reescribe la historia de nuestros antepasados: los homínidos se originaron en Europa, no en África noticia Si Qué significa la llegada de India a la Luna y qué debe aprender la Agencia Espacial Española de ello Lo que hace que la pelusa se mueva por nuestros hogares es el viento, la corriente de aire que se genera con nuestros movimientos y al ventilar las habitaciones con las puertas y ventanas abiertas. Gracias a estos pequeños remolinos las pelusas colonizan esquinas y rincones, desde donde nos observan desafiantes. .

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