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La familia de la mujer cuyas células revolucionaron la medicina llega a un acuerdo con la empresa que las usó sin su permiso

Una historia de más de medio siglo acaba de llegar a su fin. La familia de Henrietta Lacks ha firmado un acuerdo con Thermo Fisher, la empresa que, tras la muerte de esta mujer afroamericana diagnosticada con un cáncer de cuello de útero muy agresivo, reprodujo sus células cancerosas hasta convertirlas en inmortales. El fin era aprender e investigar; y su uso sentó los pilares de toda una revolución médica. Sin embargo, muchos, incluidos sus parientes, cuestionaron el medio para conseguirlo: perpetuar el extraño tumor de una mujer analfabeta, trabajadora en una planta de tabaco y con pocos recursos, que en ningún momento dio su consentimiento para repetir su mal una y otra vez, convirtiéndolo en una suerte de medida estándar que aún hoy se utiliza.

Finalmente, y tras un agrio debate y años de litigios, «las partes están satisfechas de haber encontrado una manera de resolver este asunto fuera de los tribunales», señalaron en un comunicado los abogados de la familia Lacks, Ben Crump y Chris Seeger. No se han revelado los términos del acuerdo, al que se ha llegado tras casi dos años desde que se presentara una denuncia en el estado estadounidense de Maryland.

El fin de Lacks, el principio de una nueva era

Todo empezó cuando en 1951, Henrietta Lacks, de 31 años, llegó al hospital Hospital Johns Hopkins de Baltimore, donde fue diagnosticada de un cáncer de cérvix muy agresivo del que su médico afirmó «no haber visto nunca nada igual». Durante las pruebas y los intentos por curarla, se extrajeron células de su tumor, que fueron enviadas para que otro grupo de investigación las estudiase. Ella nunca se enteró de todo esto, ya que murió poco tiempo después. Dejó a ocho hijos huérfanos.

A pesar de que estas células malignas provocaron el fallecimiento de Lacks, abrieron todo un mundo de posibilidades a la medicina: los científicos se percataron de que sus células cancerosas podían ser cultivadas in vitro, fuera del cuerpo humano, y multiplicarse hasta el infinito. Gracias a ellas, rebautizadas como la línea celular HeLa, se han podido llevar a cabo todo tipo de investigaciones y desarrollar vacunas (mención especial para la de la polio, que ha salvado millones de vidas), tratamientos contra el cáncer y algunas técnicas de clonación. Incluso viajaron al espacio en las primeras misiones espaciales con el objetivo de que los científicos pudieran anticipar qué le pasaría a la carne humana en gravedad cero.

Mientras ocurría toda esta revolución, la familia Lacks no supo nada. En los 70 se enteraron de que aún existían, pero no fueron conscientes de que las células de Henrietta fueron compradas, vendidas, empaquetadas y enviadas a millones de laboratorios de todo el mundo, algunos de ellos dedicados a experimentar con cosméticos para asegurarse de que sus productos no causaban efectos secundarios indeseados. Todo cambió con la publicación en 2010 del libro de Rebecca Skloot ‘La vida inmortal de Henrietta Lacks’, un éxito de ventas que volvió a abrir el debate de si el fin justificaba los medios. Amén de todo el lucro que las farmacéuticas habían obtenido su costa.

«Llevan 70 años usando sus células y la familia Lacks no ha recibido nada a cambio de este robo», afirmó rotunda su nieta Kimberly Lacks en 2021, cuando la familia dijo que tenía la intención de presentar una denuncia y acusó a Thermo Fisher Scientific de ganar miles de millones con la comercialización de las células. Este martes, después de décadas en que las mismas células que la mataron hayan vivido más que la propia Henrietta Lacks, consigue su compensación. Este 1 de agosto en el que, precisamente, habría cumplido 103 años.

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